Hoy hace justo una semana me llevé un susto de esos en los que te entra el pánico y ves pasar por tu mente cachitos de tu vida en milisegundos.
La tarde del viernes había quedado a tomar un café tardío con Teresa y Elena, y estando en la cafetería cayó un tormentón con mucho viento, agua y rayos, pero nada anormal. Cuando pasó nos fuimos cada una a su casa y listos. Cuando llegué a la mía mi hija Sofía ya estaba en su entrenamiento de volley y mi marido estaba de cena con unos amigos en un pueblo cercano.
El entrenamiento termina normalmente a las 23, pero ese día a las 22 más o menos se puso a jarrear, y decidieron terminar el entreno antes. Mi hija me mandó un guasap y yo comenté en twitter que con la cantidad de agua que está cayendo me tenía que ir a por ella. Me tocaba madretaxi.
Salí de casa y mi calle ya era un río, pero no tenía cobertura para llamar a mi hija y decirle que esperara a que pasara la lluvia, así que con un par de ovarios, arranqué el coche y me puse en camino. No os podéis hacer una idea de la cantidad y la fuerza con la que caía el agua. El limpiaparabrisas no daba abasto, y los bordillos de las aceras no se distinguían de la calzada por la cantidad de agua. Menos mal que el camino me lo sé de memoria y no me hacía falta verlo. Aunque hubo algunos que se comieron los bordillos y acabaron con las ruedas reventadas.
Cuando llegué a la urbanización donde está el polideportivo donde entrena mi hija, se había ido la luz y no se veía nada. Varios coches estaban parados en los arcenes esperando que pasara todo, pero yo seguía sin cobertura para poder avisar, así que otra vez me aventuré a seguir conduciendo. Había hasta olitas en los resaltes de las calles. Llegué al polideportivo, recogí a mi hija y emprendimos camino de vuelta.
Sin luces que alumbraran la calle y con las del coche que no daban para mucho, no ví que el coche que estaba parado en medio de la calle estaba “ahogado” en medio de una balsa de agua que se había formado, y fui derechita a ella. Para cuando me día cuenta pues ya era tarde porque mi coche se quedó clavado, mi coche, un Fiat Ulysse de siete plazas, que bajo no es, pero que el agua nos llegaba casi por la mitad de la puerta. Este fue nuestro momento de pánico. No podíamos ni llamar a urgencias porque estaba colapsada la centralita y para cualquier otra llamada no teníamos cobertura. Me temblaba todo. Hasta que me día cuenta que el agua no llevaba corriente, y que el coche no se movía porque pesa un quintal, y ahí ya me tranquilicé un poco. El coche que ya estaba ahí cuando “amerizamos” sí que se movía, despacio, pero se movía. Sólo nos quedaba esperar.
Cuando dejó de llover la balsa de agua (producida por el agua que bajaba de una calle y que un colector no daba abasto para tragarla) desapareció. Pero el coche seguía sin arrancar y en medio de la calle. Alguna gente se nos acercó a preguntarnos si ya habíamos llamado a la grúa, o si necesitábamos ayuda para mover el coche.
Al final conseguimos hablar con mi marido que tardó 2 horas en llegar hasta donde estábamos porque lo habían cortado todo o casi todo. Para cuando llegó ya había dejado de llover, habíamos salido del coche, lo habíamos movido y dejado aparcado, habíamos llamado a la grúa, la cancelamos. Po fin llegamos a casa a la 1:30. Y en mi casa se había inundado el garaje… 35 cm de agua.
Nos tocó un palizón de fin de semana de recoger, limpiar, secar, y tirar muchas cosas que se han estropeado. Y del coche aún no sabemos si tendrá arreglo o no. Menos mal que todos los desperfectos los cubre el Consorcio de Compensación de Seguros.
En fin, estas son otras cosas que pasan y menos mal que podemos contarlas.